Desde pequeños, hemos aprendido, muchas veces sin darnos cuenta, a reprimir las emociones. “No te enfades”, “no llores”, “no te pongas triste”… nos decían con la intención de protegernos, de enseñarnos a ser “fuertes”. Pero en realidad, lo que hacían era desconectarnos de nuestra esencia. Nos cortaban la posibilidad de expresar lo que sentíamos, de escuchar ese termómetro interno que nos mostraba el rumbo de nuestra vida.
Con el tiempo, esa desconexión se vuelve automática. Aprendemos a callar las emociones, a ignorarlas, a disfrazarlas con sonrisas o con indiferencia. Pero la realidad es que siguen ahí, esperando ser reconocidas. Y, tarde o temprano, nos damos cuenta de que no podemos escapar de ellas.
Lo que realmente necesitamos no es reprimir las emociones, sino aprender a comprenderlas. Enfadar-se no es malo; al contrario, puede darnos la energía necesaria para poner límites y defender lo que es importante para nosotros. La tristeza no es un enemigo, sino una oportunidad de transformación para el alma. Llorar no es signo de debilidad, sino de liberación. Cada emoción tiene un propósito, y todas merecen ser respetadas, porque son parte de nuestra brújula interna.
Las emociones nos muestran en qué punto estamos. Nos indican si estamos reaccionando ante el entorno o si hemos aprendido a vivir en paz con lo que nos rodea. Nos ayudan a ver si percibimos ataques o si, en realidad, vivimos desde la serenidad. Porque muchas veces, no es lo que sucede lo que nos afecta, sino la interpretación que le damos.
Cuando comprendemos esto, tomamos el control de nuestra vida. Dejamos de culpar al exterior y asumimos la responsabilidad de cómo nos sentimos. Nadie nos ataca realmente; solo nosotros percibimos el ataque. Esto se conoce como la Ley del Espejo: lo que vemos en los demás es un reflejo de nuestras propias sombras, de aquello que aún no hemos sanado dentro de nosotros.
No se trata de buscar culpables, sino de entender que cada situación es una oportunidad para crecer. La misma circunstancia puede generar una reacción completamente distinta según nuestro estado interno. Y cuando aprendemos a gestionar las emociones, en lugar de reprimirlas o dejarnos arrastrar por ellas, encontramos el equilibrio que tanto anhelamos.
Si sientes que tus emociones te desbordan o te cuesta entenderlas, es momento de escucharlas. Dejar de ignorarlas y empezar a usarlas como la brújula que realmente son.
👉 Descubre cómo conectar con tus emociones y recuperar tu equilibrio en [tu página de coaching transpersonal].